Constelaciones sobre blanco

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Blanca entomología
(Texto de Albert Lladó)
 
Benjamí Tous  (Almacelles, 1949) es un creador. Es la única palabra que puede definirlo de una manera precisa y urgente. Y es que cuesta encerrarlo en etiquetas estancas porque, aunque conoce todas las técnicas, desde el óleo de grandes dimensiones hasta la ilustración (lleva publicando el personaje del Eloi en prensa desde 1971), sus diarios nos muestran que siempre, a la vuelta de la esquina, existe una brecha más. Ha explorado todas las posibilidades de la pintura, experimentando incluso con diversas caligrafías y diferentes personajes, y dotando de nuevos significados a objetos cotidianos como la palmera o la farola. El taxi negro y amarillo, muy recurrente en sus personalísimos mapas urbanos, es, ya, una suerte de electrocardiograma que nos descubre su pulso de cronista. Tous es, entonces, creador y cronista al mismo tiempo. Sin renunciar ni a lo  microscópico ni a la panorámica. En todas sus obras, por muy alejadas que parezcan entre ellas, siempre encontramos la idea de paisaje. Somos paisaje.
Constelaciones sobre blanco recoge todos esos giros, esas investigaciones, para regresar a una esencia que Tous detecta pronto, cuando estudia junto a Joan Hernández Pijuan. Incluso esa fascinación por los múltiples tipos de papel refleja que hay una voluntad de colección, de recolección, en el sentido más amplio. La ciudad se ha convertido en puro ruido y el artista, creador y cronista, quiere adentrarse en las capas de la inmediatez para indagar en la comedia humana que habita nuestras urbes. La única manera de hacerlo (y eso lo sabe bien el pintor) es afilar la mirada, como si fuera una daga, para darnos cuenta de que ese universo nos exhorta, que la perspectiva radica en el matiz, en el color desnudo y tierno que vemos en todas estas piezas.
Somos paisaje pero también somos éxodo. La propuesta que nos hace Tous es superar el artificio del retrato quieto para que nos observemos, a nosotros mismos, en pleno movimiento. La herida, el grupo, la comunidad se desplaza tras una fuerza de la que pocas veces somos conscientes. La identidad es saber interpretar ese compás, esa estrategia intuitiva de un desplazamiento que tiene más de rizoma que de árbol. La vuelta a la raíz, indómita e indomesticable, tiene mucho que ver con el propio regreso de Tous a los interrogantes que le acechaban cuando estaba comenzando. Desde el oficio de hoy, pero desde lo salvaje del ayer.
Vivimos, como nos dice el filósofo Byung-Chul Han, inmersos en el enjambre. La multitud, que ya no se detiene a pensar el devenir, respira prisa. No se percata de la presencia del otro. Y el presente se comporta con un tirano con el pasado y el futuro. La vivencia y la experiencia, aunque lo hayamos olvidado, no son la misma cosa. En el primer caso se trata de algo meramente acumulativo, mientras, la experiencia, por el contrario, es algo único. Tous rescata esa paradoja del mundo contemporáneo, del vaivén cotidiano, y nos brinda en cada pintura la condición de posibilidad para repensar la experiencia. Si nos fijamos bien en estas constelaciones, cada fragmento es un fragmento de vida. El creador hace latir la pintura. El cronista pone todos los detalles para que (re-) conozcamos al ignorado tras la marabunta.
Uno no sabe a veces si está observando un grupo de insectos, una blanca entomología, o una masa indeterminada de personas. Esa supuesta ambivalencia es muy hábil porque interpela a la transformación, tantas veces callada, del ser humano en su cosificación. Interpela, pues, a su metamorfosis. ¿En qué momento exacto Gregorio Samsa deja de ser un viajante?
La utilización de insectos como motivo artístico forma parte de una larga tradición dentro de la pintura. Que se lo digan a Dalí, y a su obsesión por las hormigas. El caso de las moscas es más evidente, incluso. Murillo o Brueghel son buena muestra de ello. Por su parte, Elias Canetti llamará a sus aforismos El suplicio de las moscas. La historia de la música también está repleta de esas imágenes. Recordamos, por ejemplo, El diario de una mosca, del Mikrokosmos de Béla Bartók. O el famoso moscardón de Rimsky-Korsakov, que protagoniza el final del tercer acto de La Leyenda del Zar Saltán. Éste último podría ser, sin duda, una espléndida banda sonora para las Constelaciones sobre blanco a las que nos invita Benjamí Tous.
Escuchen, vean, y sientan el paisaje. Ustedes son el protagonista. ¿No oyen, ya, el zumbido que se acerca?
***
Constelaciones sobre blanco
(Texto de Gabriel Virgilio Luciani)
Es fácil perderse en el mundo saltando y torciendo de Benjamín Tous. Debido la cantidad de capas, el espectador no puede evitar fusionarse con estas escenas exuberantes y nostálgicas. Sus iconos son los protagonistas de su vida. Son amigos, amantes, flamencas, superhéroes, personajes de cómics, árboles, elefantes y escobas. Frecuentemente, la mayoría de estos hacen camafeos cinematográficos en sus episodios ‘hiper-enlazados.’
No hay ninguna manera de entender la obra de Tous sin considerar el sonido. En sus viñetas urbanas, se oyen murmullos, gritos, palabras melosas y monotonía cotidiana. Cuando él pinta, canta. Es capaz de encontrar un sonido que corresponde a su marca; lo que indica su vínculo profundo a la música. Esto se evidencia en el ritmo staccato de los personajes minúsculos que se esparcen por la tela en “Más etéreos” y luego en la estructura armoniosa de objetos cotidianos en “Ca un ye ca uno.” Esta musicalidad y sonoridad añade otra capa de interés y complejidad a sus pinturas. Sus pinceladas y marcas laten con una energía alegre ya la vez salvaje y sexual.
Sus obras son como fábulas y cuentos cortos. El espectador tiene la oportunidad de participar en las escenas vibrantes de vodevil y sus ambientes urbanos y familiares. La calidad narrativa en sus piezas evoca la de Bruegel y sus escenas épicas de nieve. Lo que añade una cierta teatralidad en las viñetas de Tous es la manera en que aplana el espacio completamente, como los fauvistas. Esta bi-dimensionalidad añade un efecto sorprendente, como parece que Tous niega toda convención acerca de la física y la perspectiva. Sus protagonistas parecen retroceder mientras el fondo avanza como visto en “Trocitos de cielo recuperados.” Es decir, él niega las estructuras espaciales convencionales y, a la vez, crea una plataforma nueva una especie de limbo dónde viven formas, figuras y sonidos relativamente identificables. Suele reducir el tamaño de sus figuras para que puedan flotar y volar como arena lanzada al viento.
Las obras de Tous no existirían sin su interacción con la gente. Por este motivo, a menudo habla de la vida de la calle. Este mundo social llena sus obras con una vitalidad inherente a la Europa urbana, dando a estas obras una calidez e intimidad notable. Nunca son productos exclusivos, pomposos ni pretenciosos. Con humor, invita a todas las celebridades, los ‘frikis,’ los marginados, la gente común, los clérigos y los monjes; el superficial y el único, el ortodoxo y el radical. Debido al reparto diverso, es difícil de no sonreír.

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